Lectura de «Am kürzeren Ende der Sonnenallee» (La Avenida del Sol) a cargo de su autor Thomas Brussig

El próximo jueves, 12 de abril tendrá lugar en la Facultad de Traducción e Interpretación una lectura de extractos del libro «Am kürzeren Ende der Sonnenallee» (La avenida del sol) a cargo de su autor Thomas Brussig. La lectura se hará en versión original con interpretación simultánea a cargo de alumnos del Máster de Interpretación que se imparte en la FTI.

Sobre La Avenida del Sol:

En Berlín oriental, justo donde el antiguo muro dividía la Avenida del Sol, Micha Kuppisch y su grupo de amigos viven el final del régimen comunista. Pero la enorme agudeza y humor de Thomas Brussig nos hará ver que en esa zona no todo era tan lóbrego como se nos ha dicho… Estos jóvenes aman, se ríen, inventan tretas para librarse del servicio militar o se las ingenian para escuchar la música prohibida de los Rolling Stones, Jimi Hendrix o Frank Zappa en un intento atrevido por acercarse a todo aquello que Occidente prometía. La Avenida del Sol resulta una novela imprescindible para comprender los cambios que se han producido en los últimos años en Alemania y cómo el arrojo de las nuevas generaciones muchas veces es fundamental para que se produzca un cambio de rumbo en el tiempo.

Sobre el autor: el escritor alemán Thomas Brussig nació en Berlín en 1965 en Berlín y es autor de diversas novelas que siempre retratan la República Democrática Alemana en tono satírico: Wasserfarben (Acuarelas) (1991), Helden wie wir (Héroes Como Nosotros) (1995), Am kürzeren Ende der Sonnenallee (La Avenida del Sol) (1999), Leben bis Männer (Viviendo Como Hombres) (2001), Wie es leuchtet (Cómo brilla) (2004), algunas de las cuales (Helden… y Sonnenallee) han sido llevadas al cine.

“La RDA da para buenos relatos”, afirma Thomas Brussig, quien con sus novelas y películas ha llegado a millones de personas convirtiéndose en uno de los autores de más éxito de la generación posterior al cambio.
Am kürzeren Ende der Sonnenallee (La Avenida del Sol), de 1999, “un bonito libro sobre una época fea” obtiene un enorme éxito. En 1999, junto al director Leander Haussmann, recibe el premio al mejor guión alemán por la película Sonnenallee.

 

Un pequeño fragmento de La Avenida del Sol:

El puro apagado de Churchill

En la vida se presentan innumerables ocasiones de dar la propia dirección, y Michael Kuppisch, que vivía en la Sonnenallee, la Avendida del Sol en Berlín, percibía una y otra vez la capacidad de esa calle para suscitar emociones pacíficas, sentimientales incluso. Sabía por experiencia que la Sonnenallee actuaba justo en momentos de inseguridad y de tensión. Hasta la hostilidad de los sajones solía trocarse en amistad cuando se percataban de que tenían que vérselas con un berlinés de la Sonnenallee. A Michael Kuppisch no le costaba mucho imaginar lo que debió suceder en el verano de 1945, cuando Josef Stalin, Harry S. Truman y Winston Churchill dividieron en sectores la antigua capital del Reich en la Conferencia de Potsdam: entonces la simple mención de la Sonnenallee ejerció su influjo. Sobre todo en Stalin; ya se sabe que los dictadores y los déspotas suelen ser proclives a los delirios poéticos. Stalin se negaba a ceder a los americanos una calle con el hermoso nombre de Sonnenallee, o al menos toda ella. Así que se la reclamó a Harry S. Truman, y éste, como es lógico, se negó. Pero Stalin no cejó en su intento, y muy pronto la situación se agudizó, amenazando con llegar a las manos. Cando las puntas de las narices de Stalin y Truman casi se rozaban, el primer ministro británico se interpuso entre ellos y, tras separarlos, se situó ante el mapa de Berlín. De una rápida ojeada comprobó que la Sonnenallee medía más de cuatro kilómetros de largo. Por regla general, Churchill estaba de parte de los americanos, de modo que todos los presentes dieron por sentado que negaría a Stalin la Sonnenallee. Además, conociendo a Churchill, seguro que daría una chupada a su puro, reflexionaría un instante antes de exhalar el humo y luego, meneando la cabeza, pasaría al punto siguiente de la negociación. Sin embargo, cuando Churchill chupó el puro a medio consumir, comprobó con enorme disgusto que se le había apagado de nuevo. Stalin, atento, le dio fuego, y mientras Churchill saboreaba la primera calada y se inclinaba sobre el mapa de Berlín, pensó en la manera más adecuada de responder al gesto de Stalin. Cuando expulsó de nuevo el humo, Churchill le cedió al ruso sesenta metros del tramo final de la Sonnenallee y cambió de tema.

Así debió de suceder, pensaba Michael Kuppisch. ¿Cómo si no se les había ocurrido dividir una calle tan larga poco antes del final? Otras veces se decía: “Si el imbécil de Churchill hubiera tenido más cuidado con su puro, hoy viviríamos en el Oeste”.

La Avenida del Sol, p. 13-14
Trad. de Rosa Pilar Blanco © Ed. Siruela, Madrid 2001

 

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