In memoriam María Luisa Dañobeitia Fernández (25 de Diciembre de 1940 – 4 de Junio de 2018), por Mauricio D. Aguilera

María Luisa Dañobeitia Fernández

(25 de Diciembre de 1940 – 4 de Junio de 2018)

 

This is how we live, and how we go to the graves —hungover, confused, and stupid.”

(William Saroyan, Not Dying)

 

            Me contó una vez el catedrático Francisco Tortosa que, dictando allá por 1978 una conferencia en Granada sobre el modernismo inglés y, justo cuando acaba de evocar el nombre de Virginia Woolf, irrumpía a destiempo, con paso titubeante, desde el fondo del auditorio, una figura menuda que, al acercarse se hacía todavía más pequeña, envuelta en una extraña luz más propia de los sueños que del mundo real. Al verle el rostro, enmudeció. Virginia, y no otra, había regresado del más allá para escuchar sus palabras y juzgar con tono severo la semblanza que sobre ella dibujaba. Palideció un instante, miró de un lado para otro, se pellizcó la rodilla y prosiguió. La mujer tenía un extraordinario parecido con la escritora, un perfil irrepetible y unas manos largas y huesudas que iban y venían al pañuelo de seda azul que, obstinado, se desanudada, una y otra vez, del cuello. La ropa era elegante, algo excéntrica: el broche de plata vieja con brillantes en el abrigo de pieles convivía en perfecta desarmonía con unos pantalones verdes (Maria Luisa muy rara vez vestía falda) y unos zapatos planos anodinos, no exactamente unas puntas de ballet, pero algo similar, a medio camino entre babuchas y zapatillas de estar en casa.

           Formada en la Universidad de Toronto donde llegó en los años sesenta como una inmigrante más, sólo que con un marcado aire de adolescente (cuando la contrataron en la biblioteca universitaria, hubo un profesor que, indignado, exclamó: “¿Qué hace una menor de edad trabajando aquí?”), María Luisa siempre ha sido un ser desubicado por convicción, con una dislexia que sólo pueden tener los genios y una percepción de la realidad más cercana a Goya o a Blake que a la de una vasca de su tiempo. Nació por accidente en La Coruña; se crió en la posguerra de Marcilla (Navarra) de donde era su madre; volvió una y otra vez a Donosti de donde era su padre; se marchó a Inglaterra con 16 años recién cumplidos (en 1956) y acabó enamorándose de Toronto y de sus inviernos imposibles, hasta que, por designios del destino o porque ella siempre tuvo la capacidad de decidir, resolvió, ilógicamente, volver al hogar paterno (por aquel entonces en Granada) y redescubrir a unos padres que, por primera vez, la recibían como a la hija pródiga con los brazos bien abiertos.

           Hay una María Luisa profesora de este Departamento de la que todos, o casi todos, recordamos su magisterio; una María Luisa investigadora (“Creo que tengo la respuesta  al simbolismo del girasol en Pamela de Richardson”, aseveraba con el mismo entusiasmo de un investigador del genoma humano); y una María Luisa artista, que dibuja y pinta acuarelas surrealistas con unas figuras femeninas en paisajes arquitectónicos en ruinas, entre otras visiones oníricas. Pero ya hace tiempo, tal vez desde que se jubilara en 2011, que no la veo así por más que me esfuerce. Cierro los ojos y me la figuro junto a sus tres pasiones: sus dos chihuahuas, Zoilo y Loti; sus cactus que sólo a ella le florecen en invierno, y su fascinación por la astronomía y las explosiones estelares. Y es así como quiero verla pese a que no pertenezca ya a la realidad fenomenológica ni podamos llamarnos como acostumbrábamos a hacerlo (“¿Tomamos un té? Tengo que contarte algo manicomial que me ha pasado”) ni haya ocasión para repasar la realidad más prosaica que ella siempre veía como un misterio insondable: “Adivina lo que me ha pasado; no tiene ni pies ni cabeza”. Luego, la historia, cualquiera que fuere, no era para tanto. El argumento se desvanecía y lo que restaba era su manera única de narrarlo. Porque, con envidia, he de confesar que, si María Luisa tenía un don, era el de contar historias, largas, imposibles, salpicadas de otras historias que se abrían como cajas chinas con un lenguaje eternamente singular; historias que podría estar repitiendo in memoriam pero que prefiero hacerlo viva voce, impostando en balde su voz, sus inflexiones tonales y sus neologismos, con quienes la conocimos y aprendimos a quererla.

Mauricio Damián Aguilera Linde

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